Ecología Humana, 22/06/08
Un niño está viendo un documental de televisión sobre la protección de las cebras en África. Al pasar por ahí su madre, éste le comenta: “mira, mamá: se preocupan por salvar a las cebras y no se preocupan por la gente”. Puro y simple sentido común. No es que esté mal preocuparse por la salvaguarda de las especies animales y vegetales, especialmente aquellas que se encuentran en peligro de extinción, pero todo hay que ponerlo en su lugar: primero están las personas. Ahora que existe una mayor conciencia ecológica a nivel mundial, es necesario también hablar de una “ecología humana”, que lleva a preocuparse del ambiente adecuado para el florecimiento de la vida humana. Este ambiente no solamente incluye, como es obvio, condiciones físicas (acceso a agua potable, aire puro, protección contralas condiciones climáticas extremas), sino también todos aquellos elementos que nos permiten vivir en paz y armonía social. No es exagerado afirmar que hay muchos animales que viven mejor, en parques nacionales extensos reservados para su protección, que multitud de familias alrededor del mundo. No tiene sentido protestar contra lacaza de ballenas en Japón o contra la tala de bosques en Brasil, mientras no nos preocupamos en hacer algo por nuestro prójimo. En muchos países de nuestra América no se han superado los problemas de hambre y desnutrición infantil, y es triste ver que año con año se repiten los casos de muerte por esa causa, y por enfermedades perfectamente controlables. El ser humano no es, como afirman algunos ecologistas, la peor plaga del planeta. Tampoco es cierto que progreso y desarrollo implique necesariamente mayor contaminación y suciedad. Está comprobado que en la actualidad el aire es más limpio que hace uno o dos siglos. En muchos países europeos ha crecido la masa boscosa en lugar de disminuir. Los avances en ingeniería sanitaria han hecho posible que las condiciones medio ambientales de muchas ciudades sean hoy mucho mejores que las del pasado: se han construido eficientes sistemas de drenaje y de tratamiento de aguas; se han desarrollado métodos eficaces para la destrucción o trasformación de la basura; se han limpiado ríos y lagos; ha disminuido la emisión de gases tóxicos…Es cierto que aún falta mucho por hacer, pero la solución no es, como pretenden algunos, reducir la población humana. En los países despoblados de África se vive en peores condiciones sanitarias que en los superpoblados de Asia, como Hong Kong o Taiwán. Tampoco podemos olvidar, por otra parte, a todos los niños que son asesinados en el vientre de su madre, que debería ser, según las leyes de la naturaleza, el ambiente más seguro para ellos. Diríamos que raya en la hipocresía la conducta de muchas personas que protestan porque alguien fuma a su lado, pero que no tiene mayor inconveniente en que su esposa, su novia o su hija se hagan un aborto. Ecología humana es proteger la vida humana. Pero no solamente el cuerpo, sino también el espíritu. El clima adecuado para el florecimiento de la vida humana incluye valores como el respeto a la libertad y a la dignidad de las personas; seguridad y justicia; solidaridad y amor. Así como a todos nos importa la pureza del aire que respiramos, nos debería importar también el conjunto de valores con arreglo a los cuales viven las personas. Son intangibles, pero se notan: como cuando unos padres de familia prefieren un colegio a otro para sus hijos, porque les parece que en uno “se respira un mejor ambiente” que en el otro. Pasa igual con las familias, con los barrios y con las ciudades. Es algo más que la suma de las partes. Y con frecuencia, una sola persona ejerce un notable influjo –positivo o negativo– en la conformación de ese ambiente. ¿Nos decidiremos a ser el que influye positivamente?